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101 años de una oda al Ku Klux Klan


Por: Jaír Fernando Coll Rubiano

El arte es la mejor estrategia para atrincherar ideas amorales. Al espectador se le lanzan obras despiadadas que disimulan bajo un velo conmovedor. Finalmente la obra es un noqueo, pero satisfactorio. ‘El nacimiento de una nación’, que cumplió en febrero 101 años de su estreno, es eso mismo: el primer noqueo –pesado- en lo formal del arte cinematográfico, pero poco satisfactorio. El golpe es el siguiente: racismo. No, son dos golpes: racismo y una oda al Ku Klux Klan.

La historia es esta: hay dos familias amigas –los Stoneman, del Norte, y los Cameron, del Sur de Estados Unidos-, sucede la Guerra de Recesión, el Sur confederado y esclavista pierde, tiempo después los negros –que son presentados como grotescos y estúpidos- ganan las elecciones para el Congreso hasta desencadenar en la creación del Ku Klux Klan, creado por uno de los Cameron al ver unos niños negros jugando a ser fantasmas con una manta blanca. Por otra parte, la mayoría de los intérpretes de color son blancos pintados de negro, bien sea representado la “traición” de los abolicionistas que convivían con esclavistas, bien sea para demostrar el estado reacio del director David W. Griffith a ver negros en su superproducción (hubo más de 18.000 extras).

Ahora bien, por no limitar el arte en cubículos morales es lo que genera que los que más o menos lo aprecian con cierto rigor  estético –y por tanto no moral- se ganan un madrazo. Uno no es necesariamente racista si le gustó la genialidad narrativa y técnica que utilizó David W. Griffith, su director, para grabar un sueño frustrado: la supremacía de la raza blanca en Estados Unidos. La idea suena igual de horrorosa que las caricaturas xenófobas de Charlie Hebdo –y que son mejor recibidas-, pero en las tres horas de metraje, Griffith sorprendió a su época -1915- por encuadrar, por ejemplo, un color específico a una situación específica: el rojo en escenas violentas o que involucraban el fuego; el sepia, momentos de calma; el verde, espacios boscosos y campestres...  

Sin embargo, desde un interés más narrativo y literario, la intención de su creador suele caer en lo evidente, es decir, su pensamiento se arroja sin suspenso. El misterio, cosa difícil de lograr, es echado por la borda cuando Griffith –hijo de un padre confederado y esclavista- nos presenta personajes que nos los fija como “buenos” y “malos”, por ejemplo, cuando el creador del KKK en la historia está enamorado para justificar con su sentimiento el heroísmo del personaje, truco bien conocido. O cuando un herrero blanco le gana en una pelea a mano limpia a cinco afroamericanos.

La ideología del autor en la historia, por tanto, es demasiado premeditada; sea cual fuesen los pensamientos políticos y raciales de cualquier artista deben pasar desapercibidos, de lo contrario el género puede confundirse más con un boletín propagandístico.  Frases como esta en ‘El nacimiento de una nación’ son  muy obvias y caen bajo su propio peso: “Los antiguos enemigos del Norte y el Sur de unen de nuevo en la defensa común de su derecho Ario de nacimiento”. Lo mismo que le sucedía a Neruda al escribir versos para exaltar la imagen comunista de Stalin, el segundo mayor genocida de la historia después de Mao Zedong.


A pesar de todo, el largometraje que sumó más integrantes al Ku Klux Klan y provocó acciones violentas contra afroamericanas en su tiempo debe ser visto para esclarecer un contexto histórico, así como los convencimientos del director y conmoverse con un discurso tan evidente como levantar un telón y descubrir un aire político que desencante nuestra emoción de encontrar un historia más que nada narrativa.
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Por: Revista Escaleta

Somos un grupo estudiantil de la Organización de Grupos Estudiantiles de la Universidad Autónoma de Occidente con la misión de fomentar la cultura cinematográfica por medio de una revista digital llamada "Escaleta".

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