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Desglose: Cuando ‘María’ se fue para siempre



Haber vendido un libro de fotos detrás de escena de la película ‘María’ (1921) a un precio aborrecible fue el “peor” negocio del librero Fernando González.

Por Jaír Fernando Coll Rubiano

En una tarde de julio de 2015, Fernando González mentó la madre. Sucedió cuando estaba sentado en frente del computador de escritorio, en la Librería España, de la que es propietario.

Leyó: “María, el tesoro del Caliwood”. Era un artículo publicado el 12 de julio de 2015 en la página web de El País y trataba de treinta fotografías detrás de escena de ‘María’ -el primer largometraje de ficción de Colombia- que fueron donadas al museo de cine de Caliwood.

Basada en la novela homónima de Jorge Isaacs, la película ‘María’ (1921) relata un amor adolescente -Efraín y María- destinado a la tragedia. De la película apenas se conservan 25 segundos en la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano y las fotos detrás de escena tomadas por el director técnico Máximo Calvo (supuestamente compiladas en álbumes o libros). Cuando la película empezó a desaparecer, nadie, ni siquiera él, supo qué fue de los negativos y copias. (Cuando su hija Esperanza Calvo le preguntaba a su padre, él se resignaba a recitar la última oración de la novela de Isaacs).

Más que la noticia de El País, fue la palabra “tesoro” la que estremeció a Fernando. Cuatro días atrás de haberse publicado el artículo, vendió un libro con lo que él creía que eran las mismas fotos mencionadas en el artículo, pero a un infortunado precio.

Fernando lo encontró en el 2013, en medio de otros doce libros cuando se los compró a una mujer trigueña y de cabello corto en el barrio Alameda.

─ Setenta mil pesos, ¿le parece? ─preguntó el librero.*
─ Sí, sí, lléveselos de una vez, no quiero saber de ellos.*

Ya en su casa, Fernando miró el libro con detenimiento. Su portada era alargada a modo de álbum y sus hojas eran escasas: fotos de la película ‘María’, impresas en un papel amarillento. Su rareza se ganó un lugar entre los baluartes de la Librería España, protegidos en una vitrina que queda en medio de las dos estrechas entradas del local. La mayoría de los volúmenes son de la editorial "Aguilar" que acostumbraba entre los años 30 y 70 a publicar las obras completas o selectas de grandes escritores; el precio de aquellos no es menor a 100.000 pesos. De vez en cuando, otros tomos que no pertenecen a Aguilar sobresalen por su extrañeza como ‘Compendio de la historia universal’, del historiador César Cantú, por su lomo de rayas escocesas. Los más valiosos, según Fernando, son ‘Cantos a Bolívar’ (1826), de J.J. Olmedo, y ‘Catecismo para los párrocos de un decreto del Concilio de Trento’ (1774), en latín por la Iglesia Católica, presupuestados por él en más de un millón.

Había intentado vender el libro de fotos evocando su importancia en la cultura del ‘Cali Viejo’. A nadie le interesó. El librero no esperó más de los dos años de haberlo comprado y llamó a su amigo Carlos Chacón para que lo subiera a su cuenta de Mercado Libre.

Ambos se conocieron en el 2007 en la Librería Atenas cuando Fernando ya trabajaba en ella desde 1993. Él escribe poesía romántica, sabe exhaustivamente de diseños editoriales, es un lector empedernido desde los catorce años y ganó el Concurso de Piropos en el Corrillo de Mao en el 2003 (“Pensar en ti es contemplar la primavera y el perfume de las flores”). Al contrario de su colega, el contacto literario de Carlos se agota en sus ocasionales lecturas de música y literatura universal y en un lento aprendizaje del oficio del librero. Fernando cataloga los vendedores de libros en dos: los alcanzalibros, como comerciantes ignorantes de lo que negocian y los libreros, como su contraparte. Carlos, que admira a los últimos, admite que es difícil ser uno de ellos: “Un librero necesita conocer de todo. De escritores, de obras… casi hasta podría ser un conocedor del diseño gráfico en las editoriales”.

Cuando subió la venta del libro de fotos a la red, los colegas esperaron un par de meses hasta que otro librero lo descubrió.

Carlos llamó a Fernando el 08 de julio de 2015.

─ ¡Librería España, habla Fernando González, muy buenas tardes! ─saludó con su acostumbrada euforia.*
─ Fernando, habla Carlos.*
─ ¿Qué más, caballerísimo?*
─ Bien, gracias. Te llamo para decirte que ya se vendió.*
─ Ah, listo. Entonces nos vemos más tarde.*

El libro de fotos, que originalmente se ofertaba a 100.000 pesos, se vendió a 70.000. Cuando los dos compañeros se reunieron para acordar las ganancias de cada quién. Carlos, que no es exigente, se quedó con 20.000.

***

Los dos jóvenes advertían cómo el dedo de Hugo Suárez Fíat, director de Caliwood, escudriñaba las 30 fotos detrás de escena de ‘María’, enmarcadas sobre un fondo negro.

─ Eso no es todo. Yo tengo otras ─dijo Hugo a uno de los jóvenes de lentes oblongos.*
─ ¿Dónde? *
─ Ocultas.*
─ ¿Por qué?*
─ Por seguridad.*

Quería ser gracioso, pero sin estirar los extremos de sus labios. Se inclinó y abrió un cajón de su escritorio. Era un volumen de tapa azul gruesa. Era una edición de la novela ‘María’, pero con páginas añadidas que tenían pegadas otras fotos detrás de escena. Con este libro, se suman un total de 82: 56 distintas y 26 repetidas. 

─¿Este es uno de los libros en los que compilaban las fotografías? ─preguntó el joven de lentes oblongos.*
─No, este es uno que me regaló un hombre de 85 años llamado Antonio José Piedrahita. Fue poco después de exhibir las fotos que están ahí, en esa esquina. En una carta que él adjuntó pide el favor de darle créditos a su madre, Isabel Cantillo de Piedrahita, pues ella conservó las fotografías y las añadió a esta edición de la novela.*
─¿Y qué hay de esos álbumes en los que supuestamente compilaban las fotografías?*
─Yo nunca he visto uno, pero en los años 20 se aseguraba su existencia. Nada más conocemos las fotografías.*

El joven, que era cliente asiduo de la Librería España y amigo del propietario, dijo:

─ Un librero llamado Fernando aseguró tener aquél álbum y que se lamenta por haberlo vendido a un precio despreciable.*
─ ¿Ah, sí? ¿Y cómo era?*
─ Según me describe él: portada ancha o alargada como a modo de álbum, hojas escasas y fotos impresas en….*
─ ¡Impresas! O sea son ¡reproducidas! He ahí el problema, no son fotos originales, las tangibles que tenemos aquí, sino simples impresiones, cómo él dice. El día que inauguramos las fotos que ves ahí ─las escudriñó de nuevo─, un abogado me trajo el mismo libro, acaso de la Editorial Carvajal, que seguramente intentaba vendérmelo, pues creyó tener una millonada. No es así. Como ese tal Fernando, el abogado que me visitó estaba ilusionado con una idea equivocada.*
─ ¿Cuál sería el costo de ese libro?*
─ No más de 20.000 pesos.*

Hugo se enmudeció y después le pareció buena idea buscar aquél libro para incluirlo a la colección cinematográfica de Caliwood. Después de cerrar el museo, despedir a los dos jóvenes, montarse en su carro –donde lo esperaba su esposa- y saludarla de beso, Hugo no resistió la risa que le inspiró el abogado. Después recordó a Fernando González y se rió mucho más.  

***

─ ¡Mentiras! ─le dijo Fernando, airado, al joven de lentes oblongos─. Esos tipos son muy vivaces. Lo que quieren ellos es venderle las fotos. No les haga caso.

Era a propósito de las opiniones de Hugo Suárez Fíat, al que confundía por un librero estafador.

A pesar de solo haber cursado dos semestres de Contabilidad, Fernando es persistente en sus convicciones de negocio. Dentro de aquellas convicciones está su coincidencia –inconsciente- con el personaje Efraín al haber perdido a “María” para siempre (por 50.000 pesos que le correspondían) y musitar su enojo en un “hijueputa” mientras una frase pegada en la vitrina de los baluartes lo ironizaba: “Todo logro, grande o pequeño, comienza con una decisión correcta”.


Fernando González todavía cree que perdió un “tesoro” que, en realidad, no es mayor a la ganancia que recibió su amigo Carlos Chacón: 20.000 pesos.


*Diálogos recreados de acuerdo a la investigación que conservan la verosimilitud del artículo.
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Por: Revista Escaleta

Somos un grupo estudiantil de la Organización de Grupos Estudiantiles de la Universidad Autónoma de Occidente con la misión de fomentar la cultura cinematográfica por medio de una revista digital llamada "Escaleta".